La encrucijada de la Muerte
Eddy M. García
Las habitaciones más altas del palacio se
contemplaban por encima de las nubes, y desde allí se podían ver a mucha
distancia, los valles, los ríos y todos
los accidentes que presentaba el paisaje hasta el infinito. La construcción poseía en su interior un
inmenso salón con las más extrañas obras de arte, cada obra, escultura o cuadro
reflejaba las distintas partes en que se podría dividir el infierno: personas
sometidas a crueles torturas, gárgolas devorando mujeres, los bosques, los
geiser de fuego. Todo era normal para el lugar; sin embargo,
el hombre sentado en el alto trono se movía inquieto, pues a pesar de saber que
la mayoría de los invitados habían llegado, el especial no acababa de hacer
acto de presencia; debía asignarle una misión muy delicada; pues dentro de unos días la Emperatriz cumpliría
sus primeros mil años de estar reinando junto a él y su regalo sería exclusivo,
pero muy exclusivo. Por eso el invitado
ausente era tan importante, sería el encargado, o mejor dicho, la encargada de
buscar el obsequio.
Observó a través de una de las
grandes ventana el exterior y comprendió que pronto llegaría la media
noche; pero ¡ay! de ella si no llegaba antes de las 12, y se puso a imaginar
cual sería la más dolorosa tortura a que la sometería si faltaba a su
invitación; pensando en todas esas cosas no se dio cuenta que alguien entraba
al gran salón y no la vio hasta tenerla frente a él; aún siendo el emperador,
al mirarla y ver la profundidad de aquellos ojos pardos se removió inquieto en
el trono. Pensó: “en éste ser no existe la piedad, no tiene alma, no tiene
conciencia. Es la mejor delegada para lo
que quiero”.
Vestida de negro de pies a cabeza, nada más
mostraba un rostro blanco en violento contraste con su negro vestuario, los
ojos inquietos trataban de ocultar la perfidia de su alma, la perfilada nariz y
los gruesos labios dejaban ver una desagradable sonrisa. El emperador de las
sombras tenía ante sí a la más amada de sus subalternas: la Muerte.
–Hace rato que te
espero y llegas tarde como es tu costumbre, entre todos mis subalternos eres la
única que tienes la facultad de ponerme los pelos de punta –la mujer inclinó la
cabeza y una leve sonrisa transformó su rostro.
–Mi señor
me invitó a su fiesta a pesar de no ser del agrado de la Emperatriz, un motivo
poderoso tendrá para ello. ¿Puedo
saberlo?
–Enseguida,
tengo un encargo muy especial y no puedes fallar un minuto en el tiempo, debes
ejecutarlo tal como te pido o pagarás dolorosamente las consecuencias; pero
basta de charla, casi son las 12 de la noche y debo marcharme. ¡Escucha!: el día primero del próximo mes,
cuando el Sol deje paso a las primeras sombras de la noche, la emperatriz debe
tener en su cama un varón de 15 a 20 años recién sacrificado, con la sangre aún
caliente; pero ella lo quiere inmaculado.
¡¿Entiendes?!
–Pero
Señor… no digo ¡OH Dios!, porque tú, SATAN, eres mi amo; piensa, ya los niños
nacen pecadores. Como quieres que
encuentre a una persona intachable de 15 años o más y en solamente una semana.
–Tienes
todo mi poder a tu disposición, utilízalo.
Ahora lárgate.
Retrocedió la Muerte sin darle la espalda
a SATANAS. Con un pañuelo de fina seda
negra cubrió su rostro, no quería mostrar su miedo a los demás invitados, pues
los castigos de su amo eran horribles. Asustada, tan silenciosamente como llegó
se marchó.
Al día siguiente, muy temprano en la
mañana, la Muerte se hospedo en un lujoso hotel de una ciudad cualquiera, no
importa el nombre. Ya en su habitación se sentó en la cama con las piernas
cruzadas. Delante de ella sitúo una bandeja y en ella tres velas negras,
extrajo de la mochila una calavera y en el cráneo le colocó otra vela; las
encendió todas, inclinó la cabeza, juntó las manos entre las piernas y empezó a
invocar a todos los espíritus del infierno en nombre de su amo. Las ventanas se cerraron, una leve brisa
apagó las tres velas de la bandeja, solo la vela encima del cráneo humano quedó
encendida. La Muerte empezó a escuchar
risitas, y se dio cuenta que la habitación estaba llena de los demonios
convocados.
–¡Silencio!
Escuchen: mañana han de encontrar un hombre de 15 años a 20, inmaculado,
limpio, sin pecado, y comunicármelo inmediatamente. Si no lo hallan, Satán les impondrá el
castigo que corresponde. ¡Ahora, largo, a moverse!
Las cortinas se
movieron, ventana y puerta se abrieron, silbó el aire al salir y la risa que se
escuchó fue la de la dama de la oscuridad:
–En caso de fracasar en misión tan absurda
no estaré sola para padecer los castigos del amo. Ahora debo cambiar mi imagen, me transformaré
en una mujer que le haga palpitar el corazón al más duro de los hombres;
trasformaré mi piel y la hare delicada, mis ojos inspiraran sueños
primaverales, y les daré a mis ojos un delicado color azul celeste, mis cabellos
lacios se moverán al compas de la más leve brisa y tendrán el color del trigo maduro. Copiaré de Venus la forma de su
cuerpo y les daré dulzura a mis
labios cuando trasmitan el beso de la
paz eterna.
La Muerte sonrió y se quedó dormida, esa
noche reinó la paz en la tierra: los cañones de la guerra enmudecieron, las
carreteras fueron seguras y nadie derramó una lágrima por un ser querido.
Transcurrieron 24 horas.
La Muerte se movió inquieta, le restaban 6
días para cumplir su misión. Vestía elegantemente, con lo último de la moda: su
vestido color vino dejaba ver las entradas de su senos medianos y firmes;
ajustado en la cintura, abierto a un costado para mostrar sus muslos un poco
más arriba de las rodillas, abanicó el aire con su cabellera lacia y sedosa. Se
recostó en las almohadas, encendió un cigarrillo y las volutas de humo llegaron
al cielo raso; las cortinas de la ventana se movieron dejando entrar un viento
suave. Se escuchó una risita conocida, y
la distinguida dama tuvo la información precisa para proseguir su misión.
En un bosque de de un lejano país, rodeado
de altas montañas, vivía un ermitaño con su hijo de apenas tres años. Al morir la madre el hombre se llevó el niño
a vivir con él, alejado del resto del mundo. Comían lo que cazaban, lo que pescaban
en la laguna cercana y de la cosecha de algunos productos.
El niño al crecer en un ambiente sano, era
bien proporcionado, y sin vello en la barba era hermoso como una mujer. El joven, como acostumbraba hacer por las
tardes, se fue a la charca; sentado en una roca, introdujo las piernas en el agua y se entretuvo tirando
piedras al centro del lago; pero al ver una silueta reflejada entre sus pies,
el brazo permaneció en el aire, volvió la cabeza y se quedó mirando aquella
visión. Cree ver la imagen de la madre,
una mujer igual a la foto que su padre guardaba en un libro, o acaso sería una
de las hadas de los cuentos que le contaba su tata. Se levantó, y no logró articular palabra.
La muerte lo mira por dentro y le gusta, y
por fuera le es agradable, le sonrió y pensó: “Disfrutaré a éste niño
maravilloso; sin embargo, no puedo quitarle la inocencia, o Satanás podría
colocar a otro de sus diablos en mi lugar, y yo iría a dar al aceite
efervescente”.
–No tengas miedo,
no te haré daño. –Dijo la muerte.
– ¿Eres mi mamá?
–No.
– ¿Eres un hada?
–No.
– ¿Entonces, ¿Quién
eres?
–Soy un regalo para
ti –y la Muerte se aproximo al
adolescente de tal manera que sus senos le rozaron el pecho; embriagándolo con
su aliento suave y su perfume.
–Antes de decirte
quién soy ¿me dejas sentar a tu lado?
– ¡Oh! Claro.
– ¿Cómo te llamas?
–Me dicen Honey.
Y la Reina de las
Sombras se preguntó: “serás dulce como tu nombre”. Ella ocupó un lugar en la roca junto Honey,
hablaron, rieron y contemplaron juntos el ocaso del día.
–¿Volverás aquí mañana? – pregunta la Muerte
sin deseos de marcharse.
–Todos los días
tiro piedras y pesco en estas aguas; pero si
vienes no faltaría por nada del mundo.
Rápido, cual vuelo de águila tras su presa,
así pasó el tiempo. Nadaron juntos, corrieron entre los árboles, descansaron
sobre la verde hierba y dejaron que sus cuerpos se rozaran, los labios de la
Reina de la Noche estuvieron a punto de besar al joven y de que la historia
terminara con el beso de la muerte. Sin embargo, se contuvo. Beso la Muerte sus propios dedos y los puso
en los labios del muchacho. Y como
siempre hacia al llegar las 12 de la noche, ella se marchó.
Viajó la Muerte por el mundo explotando
bombas, provocando terremotos, tormentas...
Una noche, a miles de kilómetros del lugar donde se bañara con Honey,
después de ejecutar su trabajo y enviarle a Satanás distintas almas, todas
pecadoras, descansando en un lujoso
hotel, la Dama Eterna abrió un pequeño cofre y tomó un calendario, al mirarlo: ¡Sorpresa! era el día primero,
aniversario de boda de la Emperatriz del Infierno. Pronto reclamaría su alimento preferido y el
plato fuerte aún está durmiendo en un intrincado lugar de Brasil. Invocó nuevamente el poder de Satanás y se
desplazo en el tiempo como nunca antes lo hizo, pues en breves minutos se cumpliría el plazo para realizar la
misión.
Segundos después entraba en la cabaña del
ermitaño y su hijo. En una rústica cama,
acolchonada con hierba, dormía plácidamente Honey. La Muerte se detuvo a
mirarlo, lo contempló dormido, con los cabellos sueltos, sus ojos
cerrados, la conciencia tranquila y le
pareció un ángel del paraíso.
Lo vio hermoso y una sonrisa de placer se
dibujó en su rostro. Se inclinó, volteó
cuidadosamente el rostro del joven, sostuvo su cara. Con una ternura que no
conocía, unió su boca a la del muchacho, y se separó lentamente. Al sentir el roce del beso, Honey, abrió
lentamente los ojos y le sonrió a la Muerte.
La Reina de las Sombras sintió un miedo desconocido; él, debía haber
muerto. Ahora no sabía si reír o llorar.
–¿Cómo es posible
que estés vivo? Te he besado y mis besos son la muerte, nadie jamás ha
sobrevivido a ellos
–¿De qué hablas?,
solo he sentido un placer más
agradable que bañarse en la charca, y la caricia más dulce de mi vida, soy
feliz y te quiero, tanto, tanto…
La Muerte deja de sonreír y comprende que
ha cometido un error mortal; dejó penetrar el amor a su alma, y aunque sabe que ahora, Satanás, le
cobrará su error no se arrepiente; pero le parece escuchar a la compañera de
Satanás maldiciendo y cree verla
echándole leña al fuego, donde la
Muerte, la preferida del DIABLO, estará sumergida en una inmensa caldera con
aceite hirviente. Quizás por los
próximos mil años.
Allá, en el infierno, la Emperatriz busca el
regalo por su aniversario de boda y no lo encuentra; Satanás se tapó los oídos,
pues la voz de la reina retumba en el infierno y el Diablo siente deseos de ir
al paraíso antes que seguirla escuchándola:
– ¿Dónde está lo
que me prometiste? –Relámpagos, truenos, aire ciclónico, sapos, culebras y más
culebras y más sapos, salen de la boca de la siniestra soberana.

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